Cumplir dieciocho años: la nostalgia de lo que fuimos, la incertidumbre de lo que seremos
Dentro de exactamente un mes cumpliré dieciocho años y, aunque toda mi vida he estado esperando este momento, ahora que se está acercando no puedo evitar mirar atrás y sentir una mezcla entre temor y nostalgia. Pienso en aquella niña que vivía sin preocupaciones, que encontraba la felicidad en las pequeñas cosas y que todavía no imaginaba todo lo que la vida le tenía y le tiene preparado. Esta nueva etapa me hace mirar hacia el futuro con ilusión, pero también preguntarme: ¿qué pasará con la persona que fuimos? Creo que crecer no significa dejarla atrás, sino aprender a llevarla con nosotros.

En España, el artículo 12 de la Constitución Española establece que la mayoría de edad comienza a los dieciocho años. Para los jóvenes, representa una puerta que se abre hacia la libertad y la independencia. Dejamos atrás una etapa en la que nuestros padres tienen una gran responsabilidad sobre nosotros para dar paso a otra en la que ganamos autonomía.
Sin embargo, esta libertad también implica asumir nuevas responsabilidades y empezar a tomar las riendas de nuestra vida. Como explica UNICEF España en su artículo «Adolescencia: qué es y a qué edad empieza», la adolescencia es una etapa de transición entre la infancia y la edad adulta. Durante este proceso, aprendemos a tomar nuestras propias decisiones, asumir las consecuencias de nuestros actos y descubrir, poco a poco, nuestra identidad.
Pero quizá lo que más miedo me da no sean las responsabilidades de la vida adulta, sino pensar que hay momentos que no volverán a repetirse de la misma manera: la ilusión de abrir los regalos en Navidad, los nervios antes de un cumpleaños o la sensación de que todavía quedaba muchísimo tiempo por delante. Son recuerdos que parecían insignificantes, pero que ahora adquieren un valor diferente: la nostalgia de una infancia que no volverá. A veces, solo comprendemos la importancia de ciertos momentos cuando ya forman parte del pasado.

Es cierto que tendemos a idealizar la infancia y a olvidar que también tenía sus dificultades. Crecer es necesario y no podemos evitar las responsabilidades de hacerse adulto. Sin embargo, echar de menos nuestra infancia no significa que no queramos avanzar, sino que aprendemos a valorar lo vivido y a reconocer que sigue formando parte de nosotros.
Por eso, quizá la cuestión no sea cómo evitar dejar atrás a la persona que fuimos, sino cómo conseguir que nos acompañe mientras descubrimos quiénes queremos ser. No podemos detener el tiempo ni recuperar nuestra infancia, pero sí conservar aquella ilusión y aquella manera de encontrar felicidad en las pequeñas cosas. Porque hacerse mayor no debería significar olvidar de dónde venimos, sino avanzar sin perder aquello que nos ha convertido en quienes somos.
