Vivir en Venezuela: cuando el salario no alcanza y la esperanza resiste

Vivir en Venezuela: cuando el salario no alcanza y la esperanza resiste

En Venezuela, la vida ya no se proyecta en sueños a largo plazo, sino en la capacidad de resistir un día más. Cada amanecer trae consigo preguntas sencillas, con respuestas desgastantes: ¿habrá luz hoy?, ¿alcanzará el dinero para comer?, ¿será seguro salir de casa?

Este reportaje no se construye a partir de cifras exactas ni de discursos oficiales. Nace de voces cercanas y reales de quienes aún permanecen en el país. A través de sus testimonios y vivencias, aunque prefieren no revelar su identidad, podemos percibir un retrato cercano de la Venezuela actual: un país golpeado por la hiperinflación y la escasez, atravesado por el miedo, pero sostenido, todavía, por una profunda capacidad de resistencia y aguante. 

Centro de Maracay, Venezuela.

Ganar alrededor de 200 dólares mensuales, al cambio en bolívares a la tasa bcv del día, se ha convertido en un ingreso “normal” para muchos venezolanos. Sin embargo, normal no significa suficiente. Una joven que trabaja en una cafetería confiesa que ese salario no cubre completamente comida, transporte y servicios básicos. La ropa fue uno de los primeros gastos que dejó de hacer: “Dejé de comprar ropa para poder comprar comida”.

Otra joven, empleada en una papelería, confirma la misma realidad. Con un ingreso similar, el dinero apenas le alcanza para sobrevivir. En ambos casos, una compra básica semanal para una familia puede oscilar entre 80 y 100 dólares, lo que convierte la alimentación en un lujo constante. Ahorrar, para muchos, no tiene sentido. El bolívar se devalúa diariamente y la única opción es intentar guardar algunos dólares, cuando es posible. “Nuestra moneda no tiene sentido”, afirma.

Lujos que en otros países son derechos

Tener una vivienda propia, un carro, salir de vacaciones, ir al cine o acceder a una educación de calidad son aspiraciones normales en otros países. En Venezuela, son privilegios accesibles para una minoría de la población.

Plaza Bolívar, Aragua, Venezuela.

Una pareja de adultos mayores, jubilados de 78 y 80 años, recibe 100 dólares mensuales de pensión. Aunque uno de ellos sigue trabajando como abogado, esos ingresos no son suficientes. Comer fuera de casa, viajar o incluso comprar ciertos alimentos se volvió imposible. “Todo lo percibido se gasta en manutención”, explican.
La movilidad social prácticamente no existe. Se trabaja para vivir, pero no para progresar.

Los cortes de luz y agua forman parte del día a día para los venezolanos. En algunas zonas, la electricidad puede fallar cada dos o tres días y el agua cada cinco días. No hay avisos ni cronogramas. Las personas se preparan como pueden: cargan sus teléfonos, almacenan agua, cuidan los alimentos en la nevera. No es previsión, es supervivencia.

Por otro lado, enfermarse en Venezuela es un riesgo. La atención médica pública carece de recursos. “Si no tienes dinero, lo más seguro es que te mueras”, afirma un ciudadano que, como los demás, prefiere mantenerse en el anonimato. Lo afirma sin ninguna clase de dramatismo, como un suceso diario al que están acostumbrados. La salud privada existe, pero es inaccesible para la mayoría. Lo mismo ocurre con la educación. La pública presenta bajo rendimiento y horarios reducidos; la privada, aunque mejor equipada, es excesivamente costosa.

Calle Vargas, Maracay, Venezuela.

El miedo que no se ve

Salir a la calle implica además estar alerta. Evitar ciertos horarios, no caminar solo, observar quién está alrededor. Aunque algunas personas perciben una leve mejora en la seguridad, el temor sigue presente.

Pero el miedo más profundo no es al delito común, sino a opinar. Hablar de política en público, con desconocidos o incluso en redes sociales puede traer consecuencias. “En este país, para no meterse en problemas hay que estar callado”, afirma la pareja de jubilados. Expresar una opinión puede significar persecución, detención o muerte. La libertad de expresión es una idea extremadamente lejana.

Al final, la migración ha marcado a todas las familias. Amigos, hermanos, hijos, primos. “La mayoría de mi familia está afuera”, dice una joven. En otro hogar, cuentan más de 40 familiares emigrados.
Ver partir a tantos duele. Hay tristeza, frustración y desánimo. Pero también comprensión: quienes se van lo hacen buscando una vida digna. Quedarse es una decisión que obliga a replantearlo todo.

Vivir en dictadura, coinciden todos los testimonios, es vivir con miedo, sin instituciones sólidas, sin confianza en el voto ni en el futuro. El gobierno impacta sobre la vida diaria incluso cuando no se habla de política: en la escasez, en los apagones, en los obstáculos para soñar.
Sin embargo, entre tanto desgaste, algo persiste. La fe, la familia, la esperanza. “El pueblo jamás se quedará sin amor, pero grita por volver a estar en paz”, resume una de las entrevistadas.

Plaza Girardot, Aragua Venezuela.

Si Venezuela tuviera que describirse en una sola escena hoy, no sería una protesta ni un discurso. Sería una familia sacando cuentas sobre la mesa, esperando que no se vaya la luz, tratando de llegar al día siguiente. Porque en Venezuela, actualmente, no se vive: se sobrevive.





AnaIsa

Soy estudiante de primer curso y mi meta es obtener la mayor cantidad de conocimiento posible en toda la carrera.

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