El instinto emprendedor universitario: cuando el aula se queda pequeña
Hay una nueva generación de estudiantes que desafía la teoría académica lanzando sus propios negocios antes de graduarse. Mientras los expertos advierten que «9 de cada 10 fracasan», ellos buscan el equilibrio entre aprobar parciales y facturar a clientes.
No hay trajes ni corbatas en esta sala, solo mochilas y el brillo de los portátiles. En la universidad, la línea que separa al estudiante del empresario se ha vuelto invisible. Mientras la mayoría repasa para el examen, una minoría silenciosa revisa métricas y busca revolucionar sectores tradicionales antes de que suene la campana.
Es el caso de Gonzalo Gosalbez. Con Tierra, su apuesta rompe el estereotipo digital para mancharse las manos en la industria. Se definen como «los agricultores del siglo XXI», cultivando en naves verticales sin sol ni tierra.
Pero aquí la ambición tiene un precio alto. A diferencia de una web, levantar una nave exige capital, y mucho. Gonzalo lo tiene claro: “Es muy difícil conseguir capital siendo jóvenes”. Su paso por la universidad fue agridulce en lo académico pero vital en lo estratégico: «Sinceramente, ninguna asignatura me ha impulsado a emprender», confiesa sin tapujos. Sin embargo, supo exprimir las grietas del sistema, ganando una plaza en una summer school de emprendimiento en Berlín y cursando materias específicas durante su Erasmus en Utrecht. Buscó fuera lo que el temario de Derecho no le daba.

Con esa base, trazó un plan maestro: usar su título como llave maestra. Él y su socio trabajaron en grandes empresas como Baker McKenzie o Ferrovial ya que necesitaban ese «distintivo serio» para que los inversores vieran a un empresario capaz y no a un estudiante soñador. Pero el instinto ha terminado ganando el pulso a la seguridad. Hace solo unos días, Gonzalo ha colgado el traje para apostar su futuro a Tierra.
Aunque a veces la realidad golpea duro. Rafael Lafont, Director de FUNDEUN, lo advierte desde los despachos: “El error es enamorarse de la solución”. Adrián Núñez, CEO de Blueways, lo confirma desde la vida real. Tras dos años trabajando «a ciegas» en su primera startup, Clapping, se dio de bruces con el mercado al no facturar nada. «El error fue desarrollar sin haber validado antes. Parece absurdo, y lo sabíamos, pero el cerebro humano tiende a dar por hecho cosas», confiesa.
Ese golpe les enseñó lo que el aula no pudo. «Honestamente, la universidad no nos dio las herramientas, nos buscamos muchísimo la vida», asegura Adrián. Con su segundo proyecto, Blueways, cambiaron radicalmente la estrategia: no escribieron ni una línea de código hasta tener clientes interesados. El resultado validó la tesis y en la tercera semana ya estaban facturando.
Si la tecnología acelera los tiempos, la historia de Marielle Perri los dinamita. Su caso rompe la jerarquía más sagrada de la universidad: la de profesor y alumno. Perri no se limitó a sacar matrículas de honor en Diseño de Moda; convenció a su propia profesora para ser socias.

«La oportunidad surgió de forma muy natural», cuenta Marielle. «Mi profesora me pidió ayuda para un desfile… esa colaboración funcionó tan bien que me incorporé a la empresa». Así nació una alianza en Nofuentes2007, donde las reglas cambiaban al cruzar la puerta del despacho, y más tarde fundarían NOMA Comunicación.
Imaginaos la escena: por la mañana, Marielle en clase tomando nota de lo que dice la profesora; por la tarde, decidían el futuro financiero de la agencia al 50%. «Al principio fue raro», admite, «pero rápidamente establecimos una regla: en la oficina éramos socias, y la jerarquía académica quedaba fuera».
Esa doble vida exigía mucho a cambio. Mientras sus compañeros disfrutaban de los años universitarios, ella vivía cronometrada. «Tuve que privarme de mucha vida social entre los 19 y 22 años, pero nunca lo vi como una renuncia, sino como una inversión», explica con una madurez impropia de su edad.
Para Adrián, esa juventud tampoco es una barrera, sino una ventaja. «Haber utilizado esta etapa para emprender y ‘cagarla’ ha sido lo mejor. Cuando eres joven te puedes permitir perder el tiempo; si tienes familia, no». Hoy, aunque siguen trabajando desde un piso de estudiantes, ya no juegan a ser empresarios: lo son.
Sin embargo, la mayor lección de esta generación quizás no sea empresarial, sino vital. A pesar del éxito, Marielle decidió vender su parte y salir. ¿Por qué? Porque descubrió algo que no se enseña en los libros: el éxito sin pasión es una jaula. «Me agobiaba saber que a los 22 años ese ya era mi techo… Vender fue una decisión de honestidad conmigo misma». Una decisión valiente que confirma que el instinto emprendedor también sirve para saber cuándo cambiar de rumbo.

¿Es esto una excepción o el nuevo estándar? Para Rafael Lafont, el desafío está claro. La universidad tradicional ha formado históricamente a «trabajadores del conocimiento», diseñados para replicar respuestas de examen. Pero el mercado actual exige otra cosa: «trabajadores del pensamiento», capaces de crear soluciones nuevas con lo que saben.
Ese es el equilibrio que buscan Gonzalo, Adrián y Marielle. No eligen entre estudiar o emprender, sino que lo mezclan. Usan la carrera como base, porque como sentencia Lafont, «sin conocimientos, el emprendimiento no se sostiene. Vuestra diferencia son vuestros estudios».
