Francisca García, exiliada del franquismo: «Siento que mi hogar no está en ninguna parte»
Su historia es circular: emigrar, regresar y no pertenecer a ningún lugar. Francisca García y su familia salen de España en 1952 para construir una vida en Venezuela. Huyen de la pobreza que dejó la posguerra y de un régimen que controlaba todo. Décadas después, se ve obligada a dejarlo todo otra vez y regresar a España en su vejez . A sus 89 años mira atrás con la sabiduría de quien lo tuvo todo y lo perdió. Directa y nostálgica, nos ofrece una entrevista que funciona como advertencia y legado: la crónica de una vida de lucha, resiliencia y sacrificio. El esfuerzo, a veces, no garantiza un final feliz. Duele escuchar lo difícil que fue para ella emigrar, adaptarse sin perder la identidad, formar una familia y crecer en un país extranjero para, finalmente, regresar y darse cuenta de que no es de aquí ni de allá. Un relato que nos invita a mirar la historia desde otra perspectiva

Pregunta: Hagamos un viaje en el tiempo a aquella España de su adolescencia, justo antes de partir. ¿Qué recuerdos guarda del hogar que dejó antes de emigrar?
Respuesta: Mucha miseria. Se pasó muy mal en aquellos años. Recuerdo a mi madre poniendo parches en las sábanas para que pudiéramos dormir porque no había para comprar nuevas. Además, dormíamos dos personas en cada cama. No había espacio ni recursos para más. La educación era un lujo; solo estudiamos hasta primaria, porque después había que pagar, así que ninguna de nosotras continuó en la escuela. Pero aprendimos oficios para sobrevivir, como peluquería o modista… A mí mi madre me enseñó a bordar. Éramos ricas en esfuerzo, pero muy pobres en todo lo demás.
P: ¿Cuál fue el golpe definitivo, el momento en el que dijeron «no podemos seguir aquí»?
R: Fueron muchas cosas juntas. Mi padre había estado trabajando tres años en Francia y quiso llevarnos, pero mi madre se negó a viajar sola con tres niñas. Al final, mi padre tuvo que volver a España y, al regresar, lo metieron preso. Le quitaron todo, por no tener los papeles en regla al salir. Cuando salió de la cárcel, la vida se volvió asfixiante. Vivíamos con miedo a las redadas; la policía entraba a las casas de noche para ver quién dormía dentro, buscando gente escondida que estuviera contra el régimen. Creo que eso, los cortes de luz constantes y que lo que ganaba mi padre ya no daba para alimentarnos a todas… decidieron que ya no había futuro posible allí.
P: ¿Por qué eligieron Venezuela como destino?
R: Parte de mi familia que estaba en Francia se fue primero a Venezuela y, desde allí, nos llamaron a nosotros. En esa época, para entrar al país te hacían exámenes de sangre y tenías que ir con una carta de invitación. Después de eso te daban la residencia.
A mis padres los obligaron a nacionalizarse venezolanos para poder trabajar, ya que las empresas tenían un cupo limitado de emigrantes, pero a mis hermanas y a mí no nos obligaron y nunca lo hicimos.
P: ¿Qué fue lo que más les costó al adaptarse a la nueva vida?
R: Al llegar, el clima era una maravilla y la gente, en general, muy amable, aunque con los venezolanos, al principio, fue difícil. Había distancia y desconfianza. Algunos pensaban que llegábamos a quitarles el trabajo o las casas. Con el tiempo, cuando ya éramos más y llevábamos años allí, la relación fue mejorando y hubo más comunicación. Lo bueno era que había centros españoles, -asturianos, gallegos, catalanes- donde nos reuníamos los domingos a bailar y a conocer otros emigrantes. Allí conocí a mi esposo, y mis hermanas también conocieron a sus futuros maridos. Al final, todas nos casamos con españoles de distintas regiones.
P: ¿Cómo logró mantener las costumbres españolas y su identidad estando tan lejos?
R: Cuando llegamos, por ejemplo, ya existían tiendas españolas donde se conseguían productos de aquí, pero también tuvimos que adaptarnos a la comida venezolana: plátano frito, arepas, caraotas negras… Eso se aprende, sobre todo, por los hijos. Aun así, nunca dejamos nuestras costumbres. Las reuniones familiares siempre fueron muy españolas. Cuando había partidos de fútbol, nos juntábamos todos a verlos, los niños con camisetas de España, hablando del país y comiendo comida española. España siempre estuvo presente en casa.
P: ¿Qué significó formar una familia en Venezuela? ¿Pensaron alguna vez en regresar a España?
R: No, nunca pensamos en volver. Ya habíamos comprado nuestra casa, también teníamos un local, trabajábamos y salíamos adelante.
Cuando comenzaron las carencias mas fuertes, mi hija se fue a Canadá con su familia. Poco a poco, la familia se fue dispersando por la falta de trabajo. Yo, sinceramente, nunca quise irme.
P: ¿Hubo algún momento en el que sintiera que realmente pertenecía a Venezuela?
R: No. Nunca me sentí venezolana. Cuando llegué era española y estando allá me sentía española. Y ahora… ahora no me siento ni española ni venezolana. España ha cambiado mucho y ya no entiendo del todo a la gente de aquí. Es triste lo de no sentirse de ningún lugar.
P: Cuando comenzó la crisis en Venezuela, ¿le trajo recuerdos de lo que vivió en la España de su infancia?
R: Nunca fue lo mismo. En Venezuela hubo épocas muy duras, pero durante un tiempo yo tenía propiedades que me generaban ingresos y pude estar bien. Lo más difícil no fue lo material, sino la ausencia de la familia. Éramos muchos y todos se fueron del país. Se acabaron las reuniones del Día de la Madre, del Día del Padre… eso fue lo más triste.

P: ¿Qué fue lo más difícil de regresar a España?
R: Dejarlo todo atrás. Regalar prácticamente todo lo que tenía, vender el local y la casa. Estaba sola en Venezuela, sin saber gestionar todo eso. Mi hija estaba en Canadá ya años y mi hijo en España, así que no tuve otra opción que venir con él.
P: ¿Cómo es la sensación de empezar de nuevo en España a esta edad?
R: Horrible. A esta edad empezar de nuevo es difícil. Ya no conozco esta España. La gente es más distante, y el acento también marca diferencias después de tantos años fuera. Aunque vine muchas veces de visita, no es lo mismo.
P: Hoy, después de todo lo vivido, ¿dónde siente que está su hogar?
R: …(suspira) En ninguna parte.
P: ¿Qué lecciones le ha dejado emigrar dos veces?
R: Pienso que debí disfrutar más de lo que tenía. Siempre pensaba en ahorrar y en guardar para el futuro. Cuando uno se ve obligado a dejar su país por problemas así, aprende a no querer volver a sufrir lo mismo: a ahorrar, a tener algo propio y a preparar a los hijos para la vida.
P: ¿Qué mensaje le gustaría dejar a las nuevas generaciones y qué cree que pueden aprender de su experiencia?
R: Que no se olviden de la historia ni de los viejos Que miren por la vejez, porque la vejez es muy difícil; si tienes dinero todavía te miran la cara, si no te jodes. Que trabajen y se preparen, pero que también valoren lo que tienen y no se olviden de donde vienen.
P: Por último, si pudiera hablar con su “yo” más joven, ¿qué le diría?
R: Yo tenía muchas ganas de luchar. Pero debí haber disfrutado un poco más y preocuparme menos. Aunque también sé que, si no me hubiera preocupado tanto, quizá hoy tendría menos.
Esa es la contradicción de toda una vida.
