La frontera de la deshumanización: una nacionalidad como sentencia

La frontera de la deshumanización: una nacionalidad como sentencia

Se dice del ser humano que nunca deja de aprender. Y son las nuevas experiencias las que nos obligan a ver más allá. El verdadero problema surge cuando las personas no quieren hacerlo.

Entre el 30 y 31 de julio de 2026 se produjo la entrada masiva de aproximadamente 72.000 personas de origen marroquí a Ceuta, muchas de ellas a nado y otras bordeando el espigón fronterizo, desbordando la ciudad. Este acontecimiento ha sido objeto de debate, trayendo consigo oleadas masivas de opiniones diversas, pero sobre todo, de odio. De acuerdo con los datos del boletín mensual publicado por el Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia, elaborado a partir del sistema FARO, fueron alrededor de 9.590 mensajes de odio los que vieron la luz durante los primeros días. Si bien es cierto que una crisis migratoria exige respuestas políticas urgentes, jamás se debe deshumanizar a quienes la protagonizan, pues se trata de personas.

Los migrantes intentan cruzar desde Marruecos hacia el enclave español de Ceuta, el jueves 30 de julio de 2026. Foto: AP Photo/Antonio Sempere

El conflicto aparece al mezclar las piezas del puzle más difícil de resolver: gobiernos, fronteras y personas. Podemos cuestionar la gestión por parte de las autoridades de Marruecos o las medidas de regulación adoptadas por el Gobierno de España. Lo incoherente es atribuir sus errores a quienes únicamente comparten su nacionalidad, pues ser marroquí no encadena a nadie a lo ocurrido en Ceuta, ni lo somete a ser representante de su Gobierno. Es injusto reducir a basura y a despojos a toda una comunidad llena de vivencias, tradiciones y seres humanos. Son personas, somos personas.

Esto me lleva a la siguiente cuestión: ¿en qué momento hemos dejado de percibir a otro ser humano como un igual? La respuesta es sencilla, no comparten nuestra nacionalidad. No es la inteligencia, no es la altura, ni mucho menos el color de ojos, sino su procedencia. Parece que una simple nacionalidad te hace prisionero de una cárcel de barrotes invisibles, una cárcel en la que naces y ya no hay vuelta atrás, pues esta determina si se te percibe como persona o como basura. Los discursos de odio que colectivizan no aportan soluciones, solo alimentan prejuicios. La sociedad ya está rebosante de prejuicios, lo que necesita son soluciones.

Los soldados españoles controlan mientras los migrantes cruzan de regreso a Marruecos después de cruzar la frontera para entrar en el enclave de Ceuta, en el norte de África, el 31 de julio de 2026. / JORGE GUERRERO / AFP

Por supuesto, los ciudadanos de Ceuta poseen el derecho a la reclamación de una gestión correcta y eficaz de la situación. Es comprensible que los ceutíes sientan miedo ante lo ocurrido, pues ha supuesto una paralización temporal del territorio: la ciudad estaba completamente desbordada de migrantes alborotados. Por supuesto, una crisis migratoria de semejante magnitud plantea dificultades reales que deben gestionarse. Ahora bien, exigir una solución es compatible con respetar los derechos básicos humanos. Gestionar una frontera no significa humillar a quienes la cruzan.

Esta cuestión tiene un rostro cercano para mí, pues mi pareja es marroquí. Eso no me otorga el poder de defender a toda una comunidad, pero sí me acerca a la cruel realidad de otros países, me hace ver más allá. Es por ello que me resulta insultante reducir a millones de personas humanas, con sus historias y vivencias, a una sola etiqueta peyorativa. Los marroquíes no tienen nada que demostrar para que se reconozca su dignidad, al igual que a un médico no se le piden explicaciones sobre su valor como médico.

En definitiva, la crisis migratoria de Ceuta demuestra cuánto nos queda por aprender, pues las fronteras separan territorios, pero no deberían separar personas. Lo ocurrido solo es un ejemplo de lo imprescindible que es un cambio, una evolución social, ya que, aparentemente, el mar no es la única frontera que separa nuestros territorios. Por desgracia, hay gente que no aprende, que decide no ver más allá. A fin de cuentas, no todas las personas quieren hacerlo.

Africa Piqueras Carratala

Alumna de primero del grado de Publicidad y Relaciones Públicas.

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