Prohibido sufrir: la dictadura de la positividad tóxica

Prohibido sufrir: la dictadura de la positividad tóxica

Entras en una cafetería, te pides un café y cuando vas a usar el sobre de azúcar lees en él: «Hoy va a ser un gran día». Abres Instagram y prácticamente todas las publicaciones que te aparecen son de gente que muestra cómo disfrutan de sus vidas seguidas de infografías que decretan que «todo depende de tu actitud». Quedas con una amiga para comer y le cuentas cómo últimamente estás pasando por un momento difícil y te responde automáticamente: «Bueno, deja de pensar en negativo, atraes lo que piensas».

De forma silenciosa. pero aplastante, hemos pasado de buscar la felicidad a convertirla en una obligación moral. Ya lo decía el escritor superventas Mark Manson:  «Cualquier intento de escapar de lo negativo -evitarlo, sofocarlo o silenciarlo- fracasa. Evitar el sufrimiento es una forma de sufrimiento. La negación del fracaso es un fracaso«. En la sociedad contemporánea expresar cansancio, tristeza o incertidumbre ya no se percibe como reacción natural ante la vida, sino como un fracaso. En eso consiste precisamente la positividad tóxica, en prohibirnos el sufrimiento bajo la falsa promesa de que si fingimos lo suficiente una felicidad arrolladora, la realidad terminará siendo la deseada. Sin embargo, esta tiranía del optimismo obligatorio no nos protege del dolor, al contrario, nos termina haciendo muchísimo más daño.

Todo esto se ha transformado en una amenaza latente para la salud mental. Este exceso de positividad actúa como un silenciador emocional que obliga a reprimir el dolor, el miedo y la frustración bajo una fachada de bienestar, llevando a desencadenar consecuencias gravísimas como lo son la ansiedad, los bloqueos psicológicos y los síntomas físicos. Además, este mandato de felicidad continua genera una enorme culpa en quienes están atravesando un momento difícil, autocriticándose por no poder ver «el lado positivo», al mismo tiempo que desgasta la autenticidad de los vínculos afectivos, sustituyendo la empatía real por interacciones superficiales incapaces de sostener la complejidad de la vida humana.

Ocultar la tristeza bajo la obligación de estar siempre bien solo aísla más a quien lo sufre. Imagen: Amir S.

Por si fuera poco, esta destrucción de la empatía genuina genera incomodidad en las personas al escuchar hablar sobre el dolor ajeno, y para quitársela de encima recurren a los clichés emocionales de turno. Y es incluso peor lo que se genera en la otra persona, que al escuchar frases vacías, siente invalidados sus sentimientos y aprende que su vulnerabilidad es una molestia para la sociedad y que, si no muestran su mejor versión, es mejor que se recluyan. El resultado de todo esto es una soledad colectiva en la que las personas sufren en silencio detrás de una máscara de falso optimismo.

Paradójicamente, tapar el malestar con una sonrisa no lo hace desaparecer, solo lo reprime. Pretender estar bien es como ponerse una tirita sobre una herida profunda que solo puede curarse con puntos y asumir que así va a desaparecer. Aprender a transitar la frustración y la tristeza es indispensable para el desarrollo psicológico. Intentar silenciarlas solo nos vuelve mas frágiles ante las adversidades inevitables que tiene la vida.

Con esto no pretendo hacer una apología del cinismo ni del pesimismo. Considero que el optimismo genuino y la esperanza son herramientas muy valiosas para el día a día. La crítica va dirigida hacia esa felicidad impuesta y tóxica que niega las complejidades del ser humano, que puede ser tan imperfecto como feliz sin negarse a sí mismo.

Estar tristes, sentir rabia o aceptar que a veces fallamos no son fracasos vitales. Son pequeños recuerdos de que somos humanos, complejos y llenos de imperfecciones. Debemos poner punto final a la dictadura de la positividad tóxica y proclamar lo que es nuestro: el derecho a no estar bien. Porque la verdadera madurez emocional no consiste en sonreír en medio de la tormenta, sino en ser valiente y atravesarla.

Julia de Blas

Soy una estudiante del grado de Publicidad y RR.PP. en la Universidad de Alicante.

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