Más común de lo que creemos, más infravalorada de lo que admitimos: la verdad sobre la dislexia
La dislexia es una condición del neurodesarrollo innata que el sistema educativo y la sociedad continúan invisibilizando e infravalorando de forma alarmante. A pesar de acompañar a la persona desde su nacimiento, en las aulas se suele normalizar la dificultad lectora como simples «errores de niños». El alumnado con dislexia enfrenta una inseguridad inmensa al leer en público, llegando al punto de ensayar mentalmente cada frase antes de ser llamado, solo para evitar la humillación del error. Toda esta frustración empeora cuando los profesores solo les dicen que tienen que «leer más», en vez de darles la ayuda que necesitan.

La frustración y el agobio al leer en el aula son una realidad diaria para el alumnado con dislexia no detectada. Foto: Familia y Salud
Existe además un gran desconocimiento sobre cómo se manifiesta. La gente suele juzgar creyendo que la dislexia es solo hablar mal o confundir la izquierda con la derecha. Sin embargo, existen diferentes tipos que afectan a la lectura y escritura. En mi caso, la dislexia afecta únicamente a la lectura y a la escritura, mientras que hablo con total normalidad. Por eso, durante años nadie me creyó y los profesores achacaron mis faltas de ortografía al idioma por ser migrante.

Ilustración de dos perfiles de cabeza mostrando esquemáticamente cómo un cerebro procesa el abecedario de forma diferente frente a la dislexia. Foto: Comunidad Baratz
Como ha sacado a la luz la organización DISFAM, este trastorno afecta a cerca del 10 % de la población mundial. Sin embargo, al no haber revisiones, pasan años hasta que por fin se sabe qué le pasa al alumno. Esta falta de atención es peor cuando se trata de estudiantes migrantes: en mi experiencia, los profesores siempre pensaron que mis dificultades eran por el idioma y jamás sospecharon de la dislexia. A mí me la detectaron en segundo de Bachillerato, gracias a mi profesora de Castellano, tras años perdiendo puntos por las faltas de ortografía sin que nadie buscara la causa real. Que solo una profesora se diera cuenta demuestra cómo los prejuicios pueden ocultar un problema real.
La solución pasa por implantar pruebas universales de dislexia para todos los alumnos y garantizar adaptaciones y apoyos desde el primer momento. Solo si formamos al profesorado para que reconozca las distintas formas de dislexia y deje de poner excusas como el idioma, la escuela será un lugar justo para todos.
