¿Somos consumidores pasivos o censores éticos?

¿Somos consumidores pasivos o censores éticos?

¿Podemos disfrutar del arte por sí mismo o sentimos la necesidad de profundizar en el creador? El debate existe desde siempre, pero, en la era de la digitalización, el interés del consumidor por el contexto del artista va ligado a la experiencia de consumo y la formación de preferencias.

Convertirse en espectadores también de la vida privada hace sentirse más cerca del creador, pero, al mismo tiempo, más alejado al idealizarle. Es especialmente frecuente en el mundo del mainstream frente a perfiles más discretos que no están al acecho de la opinión pública.
A algunos nos resulta complicado conectar emocionalmente con una canción, película o cuadro si nos quedamos en la capa superficial, sin un contexto como respaldo, lo que influencia en nuestra impresión sobre la pieza. Una reciente encuesta de EuropaFM a partir de las declaraciones de Rosalía sobre Picasso muestran que, ante la pregunta ¿Se puede separar al artista de su obra?, un 35% afirma que sí, el mismo porcentaje asegura que no, mientras el 28% plantea que depende del caso.


No solo queremos saber de la vida de los creadores, sino que mantenemos un juicio constante tanto sobre sus acciones o discursos como hacia el propio silencio ambiguo en temas sociales. El problema surge cuando las figuras públicas tomadas como referentes son protagonistas de escándalos o se salen de lo políticamente correcto. Vivimos en la cultura de la cancelación, actuando como censores o partícipes de sus comportamientos con el pretexto de su prestigio, mientras defendemos universalmente una libertad de expresión, como vemos, bastante cuestionable.

Libros, fotografías y un disco de vinilo bajo la mirada de unas gafas de sol. Fuente: elaboración propia

Sin embargo, porqué dar voz a obras creadas por personajes excéntricos, con declaraciones controversiales o incluso acusados de delitos como el caso del cantante D4vid.
Es un hecho que el arte debe valorarse como forma de expresión, independientemente de quién lo haya creado. Pese a ello, implica decidir qué trasfondo ideológico estamos dispuestos a tolerar. Debemos ser conscientes de que no perdonaríamos a figuras como Kayne West o Sydney Sweeney de no ser famosos, y que, pese a ser cancelados, mantienen su posición privilegiada.

Esto ocurre gracias a los cómplices que siguen consumiendo ese contenido, que experimentan el término conocido como disonancia cognitiva, según la psicóloga Leticia Martín Enjuto. Dicha actitud «aparece cuando tenemos dos pensamientos que parecen difíciles de mantener al mismo tiempo». Nuestra mente busca aliviar el malestar defendiendo al artista o rechazando toda su obra. Otros, como el medio Binary, abogan por apoyar al artista si ha fallecido sin considerar las mellas en su imagen.

Móvil con la imagen de una estatua clásica con cinta adhesiva en los ojos y auriculares.
Móvil con la imagen de una estatua de ojos cubiertos con cinta adhesiva y unos auriculares. Fuente: elaboración propia

Considero, y me incluyo, que no seríamos capaces de renunciar al contenido si verdaderamente forma parte de nuestros gustos. No obstante, esta decisión no es radical, sino que sería coherente cuando se vulneren algunos principios esenciales del espectador.

Las manifestaciones artísticas son inimaginables hoy en día si carecen del autor que les da vida. Conviene adoptar una perspectiva objetiva pese a ser una experiencia completamente subjetiva. De no ser así, cometeríamos un error como sociedad al limitar tantas formas de transmitir por tener una constante mirada crítica, pero no podemos aceptar cualquier discurso.

Narue del Campo Monteagudo

Soy estudiante de primer curso de Publicidad y Relaciones Públicas

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