El peligro de la ausencia de aburrimiento
Está claro que cada siglo peca de una maldición a lo largo de la existencia. Con seguridad, pese a las numerables desgracias ocurridas desde el principio del nuestro, puedo asegurar que la deshumanización y la falta de concentración, por muy inofensivas que ambas suenen, cogen carrerilla para ser un gran problema mundial que encontramos como sociedad conjunta. Ya no existe el simple saber estar. Nadie mira al cielo a divisar las nubes, ya que hay algo mucho más interesante que contemplar en el propio bolsillo. Qué pequeño es y cuánto daño puede llegar a causar algo que hasta hace apenas veinte años, no existía: una pantalla.

A lo largo de la historia, los humanos han evolucionado utilizando el maravilloso poder del aburrimiento. Aprendieron que rozando dos palos eran los reyes del mundo y que, si se sentaban a reflexionar un rato, “primero pensaban y luego existían”. Sin embargo, parece que hoy en día nadie es capaz de estar veinte minutos respirando sin recibir un estímulo constante, cosa que, en mi opinión, no es natural.
El cerebro está preparado para aventurarse en infinidad de pensamientos nacidos de la originalidad de estar vivo. No obstante, la sobreestimulación digital está alterando de manera destacada y peligrosa su funcionamiento. El scroll infinito y las redes sociales consiguen que no haya ni un ápice de segundo libre para poder pensar en algo que no sea “obligatorio”: los estudios o el trabajo y en la comida del día, la cual también es buscada en internet. Con ello, se deja de lado todo lo que hace que nuestra ánima viva, desde las conexiones reales hasta los hobbies que se han dejado en el olvido.
Diversas investigaciones neurocientíficas afirman que el continuo bombardeo de información actúa como un impuesto cognitivo que agota nuestros recursos mentales. Esto consigue que, además de que exista un chute de dopamina tanto rápida como estable, la comunicación no llegue a codificarse debido a las interrupciones constantes, y cause desde olvidos frecuentes hasta irritabilidad y dificultad grave para la concentración.

La solución no es precisamente de extrema dificultad. El problema se puede cortar desde raíz si en lugar de ofrecerle a un niño un dispositivo digital le dejamos que reflexione, aunque grite o llore. Si en vez de enamorarnos del teléfono móvil antes de dormir, “solo diez minutos más”, tocamos papel y enseñamos a nuestra mente a leer y expandirse como para lo que estaba preparada; si a diferencia de ignorar un problema cambiando de una aplicación móvil a otra, alimentándonos de vídeos de quince segundos hasta que se nos olvide el nombre, aprendemos a enfrentarnos a la realidad y a arreglar las situaciones sin desviarnos; si a diferencia de poder saborear a todo el mundo en interconexión digital, permitimos que el corazón se unifique con otra alma sin estímulos efímeros, se podría arreglar nuestro dilema del siglo.
Si nos permitimos el aburrimiento, dejando respirar a nuestro cuerpo, visualizando lo que existe enfrente y reflexionando el verdadero motivo por el que estamos aquí, todos volveríamos a contemplar las nubes.
